La Marea

El domingo regresan los toros a TVE. El debate está servido en Canarias, donde algunos se oponen a su retransmisión en las islas.

En él se juntan el sonido de selva, sabana y estepa. El cantante senegalés nos narra su viaje interior y exterior en busca de las raíces del arte.
“Tú hijo va a ser músico”, dijo el amigo, de visita en la casa familiar. “Qué va, si quiere ser piloto de aviones”, respondió el padre, un funcionario senegalés. Mientras, la voz del muchacho llenaba los rincones del hogar, suspendida en el aire, a la espera de un destino. Nayaban Jean, nacido en Dakar en el seno de una familia originaria de Casamance, entrega hoy su rugido al proyecto Nayaband, que más que un grupo es “una familia”, cómo él mismo recalca. “Yo soy el tercero en edad. Si el mayor me dice que me calle, yo me callo. En África respetamos a los mayores”, explica.
Cuando Nayaban habla de música sus enormes ojos son dos faros que proyectan toda la luz y toda la experiencia acumulada en 37 años, muchos de ellos dedicados a profundizar en las raíces de la creación artística. “El arte ya está ahí. Yo sólo soy el hilo conductor. Todo estaba ahí y me eligió a mí. Yo soy un servidor del arte, un servidor de la música”, comenta plenamente convencido mientras sonríe, justo antes de dar otro sorbo a su ron miel.
La música le buscaba, quería que Nayaban fuera uno de sus embajadores, le hacía guiños. Pero aquel joven alegre no se daba por enterado. “Mi profesor de música en el colegio me animaba, pero a mí no me interesaba”. Su imaginación permanecía aferrada a los mandos de un avión, incluso cuando cantaba en el Coro Nacional de Senegal en presencia del presidente de la República.
El primer canto de sirena que le acercó de veras a las costas de la música profesional tenía el ritmo del rap. Concretamente del que hacían sus primos en la banda Banor-Z. “Les dije: ‘Oye, esto me interesa’. Y me metí. Me sentía protegido”. Con los Banor-Z se embarcó en una gira de mes y medio por Canarias con una banda a la que ya había impregnado de su energía: “Yo convencí a mis primos de que el rap estaba bien, pero que había que meter melodía. Y cantábamos a capella, que me interesaba más”.
Regresó a Senegal. Pero la semilla ya había germinado en su interior. “Después de mi primer viaje como profesional empecé a preguntarme cosas. Y llegó un momento en el que tenía más preguntas que respuestas. ¿Qué es lo que estoy haciendo? ¿A dónde quiero llegar? Para buscar las respuestas comencé a viajar por África, por Guinea Bissau, Gambia, Mauritania… Buscaba a los guardianes del arte, gente de las aldeas”.
“Papi, ¿quieres tocar para mí”, preguntaba él. Entonces comenzaba el ritual. El viejo guardián hacía sonar el xalam o la cora mientras comenzaba a hervir el té. A continuación Nayaban tocaba la guitarra para ellos. “¡Seis cuerdas!. Eres un genio”, exclamaban a veces. “¿Yo? Ustedes sí que hacen magia con dos cuerdas o con tres…”
Fueron cuatro años de viaje interrumpidos por una detención por fumarse un porro, algo prohibido en Senegal y que le supuso diez días de encierro. “Yo pensé mucho en la cárcel. Tenía que seguir el viaje, pero nuestro estilo no tenía espacio en Senegal”. Y ahí apareció el recuerdo de Canarias. Dese hace diez años reside en Las Palmas de Gran Canaria. “Hay quien dice que está lejos de todo. Pero yo digo que Canarias está en el centro del mundo. Me gusta la vida aquí”.
Nayaban es la globalización andante. Cuando se lanza a hablar a veces se le escapan palabras en francés y cuando algo le sorprende dice “ños”, una típica expresión canaria.
Musicalmente, afirma que prefiere la palabra “abrazo” frente a “fusión”. Estas son sus razones: “Un abrazo es algo que recibes y das. No hay influencia de nadie”.
Este artista que se confiesa “callejero” te sumerge en su océano de ideas mientras centenares de personas cogen olas en la cercana playa de Las Canteras, a doscientos metros escasos de la Plaza del Pilar, donde ha tenido lugar el encuentro.
Cuando ya nos hemos despedido de él, las palabras, los sonidos y las imágenes surfean en mi mente. “Yo creo en imágenes. La flauta es el desierto, aire, libertad. La percusión es la sabana, con los animales, el despertar. Los hierros son la selva…” Todo esto es Nayaban, la brisa, el retumbar de las llanuras africanas, la profundidad de la jungla, el hombre risueño que se queda en la terraza del Tiramisú rodeado de su gente.
Artículo de Gregorio Cabrera a 16 febrero, 2013.

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