La Marea

España y Portugal disputan por la mediana mientras la naturaleza de las Salvajes permanece altiva ante las inquinas humanas.

Ya se puede visitar la Casa-Museo de César Manrique en Haría, un resumen de parte de su ideario estético y vital.
Existe una curiosa relación entre los hormigueros más inverosímiles de New York y los lagartos de Haría, al norte de Lanzarote. El cronista Gay Talese (Ocean City, 1932) comienza su magistral descripción de la gran ciudad situándonos ante las hormigas que recorren el vértice del Empire State. Nadie había reparado en eso antes y -mucho menos- se le había ocurrido convertirlo en materia literaria e informativa.

Fotografía: Jorge Rojas.
Tampoco a nadie se le había pasado por la imaginación transformar un territorio desértico y arrasado por el volcán en el lienzo perfecto para la cohabitación entre el arte y la naturaleza. ¿Quién fue? César Manrique. El artista lanzaroteño (1919-1992) habitó en la Segunda Avenida de la Gran Manzana entre 1964 y 1966, pero los cráteres, las aulagas entre las que se mueven las lagartijas y los azueles de cielos y mares jamás le abandonaron. “Más que nunca siento nostalgia por lo verdadero de las cosas. Por la pureza de las gentes. Por la desnudez de mi paisaje”, escribió entonces a su amigo el pintor grancanario Pepe Dámaso.
Cuando visité Nueva York aproveché para conocer el edificio donde se alojó César durante un tiempo. Los alrededores no eran precisamente esplendorosos. Tres mendigos calentaban algo de comida en el fuego que emergía de un bidón y con el que también espantaban el frío por las noches. Bajo el inmueble servían cafés y tortitas con sirope en un local de medio pelo con un toldo verde. Recordé entonces la aversión que anidó en el artista sobre la artificialidad y la contaminación de las ciudades.
Cuentan que de noche y vista en la distancia Haría dibuja la silueta de una bruja. Bajo su sayo se encuentra la nueva Casa-Museo de César Manrique, abierta y gestionada por su Fundación y que se puede visitar desde esta semana. Por su esquinas se oyen todavía los ecos del diálogo permanente entre el creador, el paisaje y la arquitectura local. En sus doce mil metros cuadrados de terrenos cubiertos por la ceniza volcánica, casi siempre escondidos bajo las piedras, viven centenares de lagartos. Alguien deberían subir a lo alto del Empire State para comprobar si todavía reptan por allí las hormigas de Talese.
Artículo de Gregorio Cabrera a 21 agosto, 2013.

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