La Marea

Los políticos, en Canarias y el conjunto de España, hablan de turismo responsable. A la hora de la verdad, cada día está más lejano.

Las salinas más bellas de Canarias y quizás de España, las de Janubio, en Lanzarote, languidecen en parte. Pero no sus historias. Ésta es una.
Tanta claridad alrededor, toda esa luz derramada sobre la tierra quemada y ella, sin embargo, se mueve entre oscuridades. El sol, siempre vanidoso porque sabe que acá abajo hay incluso quien le adora como a un Dios, refleja su imagen dorada sobre la misma sal que cuartea la piel de la mujer.
El capataz de las salinas de Janubio es un hombre bueno, a veces ensimismado, alto y flaco como un tabobo y que gusta de hablar en verso, incluso cuando imparte las órdenes. Los dueños, por su parte, no han considerado oportuno comprar botas para las mujeres que cada día entierran sus pies en el salitre.
Llegan con las primeras luces del día. Se van con las últimas. Al hacerlo dejan otro gran montón de oro blanco a sus espaldas. Allá van de regreso al hogar esos seres mágicos. La vida les entrega tinieblas y ellas las convierten en destellos, en brasas en las que otros se calentarán sin dar ni las gracias.
Queda el pueblo en lo alto, apenas treinta casas, por supuesto blancas. Como ocurre siempre, una figura negra se separa del grupo justo antes de alcanzar el pedregoso sendero de vuelta. Ninguna echa la vista atrás. La furtiva escena se repite desde hace años.
El atardecer es un incendio tan violento que en breve solo quedarán las cenizas de la noche. Ella, envuelta en su traje oscuro, se mimetiza con las sombras y con las lavas, retorcidas, fantasmales, almas dolientes petrificadas. De noche cazan a veces las leonas. De noche caza ella.
Las pardelas anidan en las cuevas del rompiente. Escucha su canto quejoso, que suena a mal presentimiento. Las aves se dirigen hacia el mar, en busca de peces para alimentar a sus pollos. Quizás hagan doscientos kilómetros de ida y vuelta hasta dar con un hirviente manto de sardinas frente a la vecina costa del Sahara. La mujer viene a lo mismo, a por comida. Dos niños aguardan. No puede alimentarlos con el jornal de salinera.
Se agacha ante la hura y encuentra un huevo que guarda con extremado mimo en el bolsillo del delantal. Se aleja. Da la espalda a unos cantiles que no son otra cosa que el viejo campo de batalla entre el fuego y el mar. Deja atrás un océano que arrastra en cada ola recuerdos que se depositan en las orillas de su corazón, igual que los maderos tras un naufragio.
El llanto del más pequeño la recibe al abrir la puerta. La abuela ha amasado gofio y lo ha mezclado con fiscos de queso de cabra. En este lugar no saben qué es el pan. Algo han oído, pero posee para ellos el sabor de lo imposible.
Es sábado. Hay baile y por las ventanas se cuelan las hebras del cantarín sonido de un timple acompañado de unas voces bañadas en ron y vino de pata. “No llores más marinera, que tu marido vendrá, si no es para Nochebuena, será para Carnaval…”
Las criaturas apuran el gofio, el queso y dos huevos sancochados, uno depardela, otro de la gallina. Ella apenas come. Apaga el quinqué. Para ella hace tiempo que se acabaron las noche de baile. Los viudos sí van y hasta sacan a bailar a las muchachas casaderas, pero está mal visto que lo hagan las viudas.
Se equivocaba la copla. Su marido no vendrá. Ella se quedó hilvanando desvelos. Mediado el siglo él zarpó enrolado en un barco pesquero con base en Puerto Naos, rumbo al Aaiún. El joven marido perdió pie y cayó al mar en esas aguas turbias que se besan con el desierto. Los marineros no sabían nadar. No tienes tiempo de aprender cuando te embarcan desde niño. Su cuerpo quedó allí para siempre.
Ella pudo hundirse también. Pero, como tantas mujeres, no lo hizo. Además, sacó a flote a todos los que se quedaron junto a ella a la deriva. Se dejó la piel –literalmente- en las salinas, pescó con una caña rematada con el cuerno de una cabra al anochecer, cegó cangrejos de palmo y medio de tamaño con una antorcha para tener algo más que gofio ese día, plantó, cosechó, ordenó, amasó, dio calor, crió, lloró, rió, abrazó, se enfadó, soñó y despertó, se desengañó, se ilusionó, soportó miradas que no siempre fueron compasivas, fue la enlutada sin cumplir los veinticinco, la mujer sola en el sur, del sur, del sur, sudó, bajó y subió montañas…
Y cada paso que dio lo agradecen los que estuvieron a su lado y los que vinieron después. Fue su ejemplo imperecedero de mujer en el mundo, en su espacio, en su esquinita atlántica. Y, sí, la sal sigue estando allí, antes cegadora, tan reluciente hoy como su memoria. La vida le dio cruz. Ella devolvió cara. Le apagaron una vela y ella encendió el universo.
Artículo de Gregorio Cabrera a 15 febrero, 2013.

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