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  • "Los políticos quieren que callemos, pero gritaremos más", clama Estambul

Imagen del Parque Gezi (Fografía: Burak Su)
Fotografía de Burak Su

Crónica ‘in situ’ del movimiento de los ‘indignados’ turcos en su revuelta contra el Gobierno de Erdogan.

Una crónica de José Miguel Fernández-Layos Fernández

José Miguel Fernández-Layos.Al salir del metro en Estambul, un hombre vende máscaras de gas como quien vende mecheros. Le compro una para ir a juego con toda la gente que va también a Taksim. Nos cruzamos con muchos que vuelven, algunos cojeando y los ojos llorosos, otros, o incluso los mismos, sonriendo, y nos aplauden a los que vamos, y los que vamos aplaudimos a los que vuelven, y todos cantan, y los coches no hacen más que pitar.

“No sé qué me voy a encontrar”

No sé qué me voy a encontrar, sé que por la mañana han entrado en Taksim, con la excusa de limpiarla, y que han quitado todos los carteles y todas las banderas del gran edificio que se encuentra allí (menos una de Turquía y otra de Ataturk); sé que muchos se temían que desalojaran también el parque Gezi, donde está la gran acampada, y también sé que han resitido, y que habían convocado a todo el mundo allí a las siete de la tarde.

Ahora son las nueve.

Veo una gran barricada y mucha gente, veo tiendas de campaña en el parque, veo que #OccupyuGezi sigue en pie, con su biblioteca y su enfermería, que ahora está bastante llena. Más allá del parque, está la plaza de Taksim, y esa sí que está ocupada por la policía, y cuanto más te acercas, más sientes el gas.

Enfrentamientos. Fotografía: Eser Karadag.

Enfrentamientos. Fotografía: Eser Karadag.

De vez en cuando, oyes un megáfono a modo de sirena, y sabes que detrás va una camilla con un herido, que pasa muy rápido gracias a unos pasillos humanos que se han formado por muchas personas cogidas de la mano. A veces, todo el campamento aplaude a quienes vuelven de primera línea de combate, y también aplaude a quienes les sustituyen.

Muertos de cansancio, se duermen en cualquier lado, con las gafas de bucear colgadas del cuello, sin quitarse los guantes que llevan para coger las bombas de humo que devuelven a la policía, a veces con tan mala fortuna, o puntería, que acaba dando a un manifestante.

De la tensión acumulada, dos acampados empiezan a pelearse. Varios van a abrazarle, hasta que llega alguien con un chaleco naranja, pita un silbato y los separa como si fuera un árbitro.

“Nunca había visto tanta solidaridad”

Conozco a dos chicas que hablan castellano y me llevan de un lado a otro, me enseñan, me traducen. Una de ellas es argentina, pero lleva tres años viviendo en Turquía. La otra es turca, pero estuvo viviendo en Argentina. La primera me dice: “nunca había visto tanta solidaridad como en este parque”. Y la segunda, que “todo vino por el parque, pero también cuando empezó Erdogan a meterse en nuestras vidas: que si cuántos hijos teníamos que tener, que tenemos que beber esto o lo otro”.

Gafas frente al gas. Fotografía: Burak Su.

Gafas frente al gas. Fotografía: Burak Su.

A las dos les gusta subirse a unas montañas que hay de escombros para ver la primera línea de fuego. Al principio, casi parece un peloteo de tenis, la policía tira alguna bomba de humo, y los manifestantes se lo devuelven, pero en un momento dado, la policía empieza a tirar a destajo, y el campo de batalla se llena de gas y heridos y un gran fuego que acaban de hacer para intentar contrarrestar el gas con el humo.

Los cañones de agua están ya cerca, y cada vez hay más gas dentro del parque. Por encima del gas, sobrevuela la voz de una chica, que canta, informa de lo que pasa aquí, o en otras ciudades, pide aplausos y va dando ánimos. Dicen que lleva cinco días sin parar. En un momento dado, encima de un escenario, ella grita: “Los políticos dicen que nos callemos la boca, pues ahora vamos a gritar más”.

Almax, agua y remedios caseros

Los voluntarios no dan abasto para calmar los ojos y las bocas heridos de gas. Lo hacen con una mezla de almax y agua y otras soluciones caseras. Pica mucho la garganta, y a veces lloras tanto que no ves nada, pero te tienes que ir de allí rápido, aunque sea agarrándote a otro que ni siquiera conocías.

Ya de madrugada, un amigo holandés y yo atravesamos las líneas enemigas con mi mochilón en la espalda y su cara de guiri. La policía nos para, decimos que somos turistas y que vamos al hotel. Nos deja pasar (con nuestra máscara de gas al cuello y gafas de buceo en la mano). Hemos quedado en el café Bambi con la madre de un amigo. Resulta que el bar está lleno de policías. A ellos también se les ve muertos. Uno incluso se ha quedado dormido encima de una mesa, con todo su equipo, armas incluidas, tirado en el suelo. Nos vamos de allí.

Son las cuatro de la mañana.

Lo último que me dijo la chica argentina fue “la gran incógnita es si van a entrar o no en el parque, y qué van a hacer, y qué vamos a hacer nosotros si eso sucede”. Creo que no habla solo por esta noche.

Los servicios de limpieza esperan detrás de la policía, y ellos también llevan máscaras de gas.

José Miguel Fernández-Layos Fernández

Artículo de a 12 junio, 2013.


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