La Marea

Varios artistas participan en talleres con personas con Síndrome de Down y reinventan los límites de la creatividad.

Resulta difícil olvidar la mirada de un caboso, ese pez rechoncho con aire de actor secundario venido a menos. Acostumbra a aposentar su ser sobre las rocas, justo donde el agua besa la orilla y es el menos aerodinámico del vecindario. Y lo asume. A veces no se mueve en horas. Justo hasta el momento en el que algún ser humano ávido de paraísos se zambulle de golpe en las aguas cristalinas donde habita este pez pacientoso que siempre aparenta más edad de la que tiene. Allá, en Los Charcones (Lanzarote, Canarias), el Atlántico muestra sus ojos de tonos azules y verdes con una transparencia casi irreal.

Pejeverdes, fulas y cabosos.
La naturaleza ha ensayado en Lanzarote múltiples maneras de combinar agua, fuego y luz. Este es uno de sus experimentos más logrados y menos conocidos. Por fortuna, habría que añadir. Por el momento no incluiremos mayores precisiones geográficas. En estas piscinas naturales el mar ni tan siquiera exige que te sumerjas para mostrar sus secretos. Los pejeverdes (el arcoiris móvil de las aguas intermareales de las islas), las fulas de eléctrico negro y los atribulados cabosos se muestran a simple golpe de vista.
Un pintor local lleno de talento, furia y bondad, Santiago Alemán, suele hacer referencia al dramatismo del paisaje insular (no, no fue algo que se inventara el realizador Pedro Almodóvar, que también lo subrayó durante el rodaje en la isla de Los Abrazos Rotos).
Para el artista, una palmera aislada en la ladera de un volcán puede ser un grito de dolor que se levanta hacia el cielo. Grabadas en el oscuro basalto y gritadas también a los vientos alisios recorren Los Charcones historias de viudas que acudían a pescar para dar sustento a sus hijos, de pies desollados en las cercanas salinas de Janubio, de hombres y mujeres devorados por el océano, por ese manto infinito que muestra ahora su cara de niño bueno y angelicales ojos azules.
El sol cae justo frente a este microparaíso, como si quisiera echar un último vistazo antes de dejar de alumbrar esa tierra quemada. Mañana será otro día. No faltará nadie en Los Charcones. Tampoco los cabosos.
Artículo de Ernesto Luna a 18 diciembre, 2012.

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