La Marea

El domingo regresan los toros a TVE. El debate está servido en Canarias, donde algunos se oponen a su retransmisión en las islas.

Le han golpeado a traición. Dos palabras lanzadas por la espalda cuando no las esperaba cayeron como pedradas sobre él: “No apto”.
Arturo Pedrero es médico. Sabe como nadie que la vida puede convertirse en una lucha contra la adversidad desde el principio. Él nació con dolor. El sufrimiento fetal le provocó una hemiparesia en el lado derecho que a día de hoy se manifiesta con algunas dificultades para mover el brazo derecho. Esto no le impidió completar la carrera ni acceder a una plaza de MIR (Médico Interno Residente) en el Centro de Salud de Tacoronte (Tenerife). Allí, desempeñó las labores propias del cargo sin dificultad. Ni compañeros ni pacientes veían nada extraño. Arturo simplemente ejercía su profesión. Hasta que la burocracia, con esa lógica en ocasiones tan apartada de la realidad, le lanzó uno de sus absurdos golpes.
Un informe elevado al Ministerio de Sanidad sirvió de excusa para retirarle del puesto. Un frío papel, unas gélidas palabras en lenguaje oficial le declaraban “no apto”. Dos palabras bastan para echar por tierra una vida.
“Yo elegí la especialidad de médico de familia porque en el Hospital Universitario de Canarias me dijeron que no tendría dificultades para ejercerlo. Mi discapacidad no se consideró relevante para el puesto. Además, existe un informe del Comité Docente de la Unidad de Familia que declara que puedo ejercer el 95% de las funciones”, explica. Además, cuenta con el apoyo de compañeros del Servicio de Prevención y Riesgos Laborales del HUC. Pero, de momento, ha pesado más el 100% de discapacidad de la burocracia.
“Nadie lo entiende. Me siento discriminado por la Sanidad pública por tener una discapacidad. Esto no tiene sentido. A los demás se les presupone que pueden hacer determinadas cosas y yo tengo que demostrarlo”, lamenta. Tampoco entiende que la Administración no planteara alternativas para su caso, con las limitaciones que se estimaran oportunas, más allá de dejarlo en la cuneta sin más, clavándole dos palabras por la espalda: “No apto”.
Pero Arturo no se rinde. No va con él. De otra manera, no habría logrado reducir su discapacidad a la mínima expresión tras mucho esfuerzo. Ya ha agotado la vía administrativa y se adentra ahora en la judicial con la esperanza de que la justicia, en su ceguera, sea capaz de reescribir su historia poniendo “apto” donde ahora pone lo contrario. Aunque nadie fuera del informe se hubiera dado cuenta o lo considerara relevante.
Artículo de Gregorio Cabrera a 24 abril, 2013.

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