La Marea

España y Portugal disputan por la mediana mientras la naturaleza de las Salvajes permanece altiva ante las inquinas humanas.

Los cambios anunciados por Gallardón en la ley del aborto y su afán por ‘atar’ a los medios de comunicación retrotraen a otros tiempos.
Ciudad de Málaga. Casi treinta grados. Camino del aeropuerto, un cartel gigantesco sin atribución clara y anclado junto a la autovía defiende el derecho a la vida de los nonatos. Banderas de España tachonan la fachada de muchos edificios. El orgullo patrio hierve al sol. Justo en ese momento, en Roma, el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, le hace entrega al Papa Francisco I de una camiseta de la selección de fútbol campeona de todo. Es el primer líder europeo en ser recibido por Su Santidad.
Mientras Rajoy sonríe y reparte campechanía por los pasillos del Vaticano, Antonio María Rouco Varela, presidente de la Conferencia Episcopal Española, el hombre que se ha soñado Papa, el que hubiera sido el mejor actor secundario de Hollywood haciendo papeles de malo, nuestro Edward G. Robinson, sacude la sotana con rabia. Le exige al Gobierno de don Mariano que no sea tibio, que modifique de inmediato la ley que permite casarse a los homosexuales y también la que ampara el aborto.
Los periódicos del día, del lunes en el que el sol ilumina al fin la piel de toro (en la definición más castiza de la Península), incluyen crónicas de las corridas de la Feria de Abril de Sevilla, incluso el Marca y el As. En la Constitución Española, que se sepa, permanece escrito que “ninguna confesión tendrá carácter estatal”. Más resúmenes de toros en TVE, la misma televisión pública cuyo espacio Informe Semanal estimó oportuno dedicar un amplio reportaje a la muerte de Sara Montiel (que en paz descanse) mientras despachaba con un “también murió” al escritor y economista José Luis Sampedro.
Rouco ha hablado. Rajoy regresa a España. El Papa futbolero y buena persona ya tiene su camiseta de ‘la roja’. En Madrid, en la ciudad al fin primaveral, el ministro de Justicia, Alberto Ruiz Gallardón, visita la sede del periódico La Razón, el diario que ha elegido para lanzar sus globos sonda sobre el aborto. Hay expectación. Gallardón, el lobo disfrazado de cordero del PP durante tantos años, sabía que no iba a defraudar.
Esta vez, los globos sonda de Gallardón descargan bombas. “El peligro para la salud psíquica o física de la mujer no deben ser pretextos” para abortar, proclama. Pero tiene algunas balas más en la recámara. Hace referencia incluso “a la posibilidad de que el juez pueda invitar a los medios de comunicación a interrumpir una línea de información que pueda perjudicar a la presunción de inocencia”. Aplausos al final de la intervención, en la que finalizó respondiendo a las preguntas de varios periodistas.
Ya en la calle, en Las Canteras, dispuestos a coger aire tras comprobar que España se escabulle del siglo XXI. El viento atlántico reconforta y limpia. A unos doscientos metros se ve venir una figura oscura, casi dos metros de ser humano ataviado con una suerte de frac. Es un hombre sin cabeza, el disfraz de uno de esos habitantes surrealistas del barrio de La Isleta. Va saludando al pasar. Al verlo así, tan descabezado, se diría que tiene todo lo necesario para ser por lo menos director general.
Artículo de Gregorio Cabrera a 16 abril, 2013.

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