La Marea

Me gusta San Borondón. Nunca tuve una relación fácil con la realidad, razón por la cual me adapté a la vida en una isla imaginaria.
La semifinal de la Copa del Rey deja al descubierto algunas de las costuras del sistema productivo español.
Quedan apenas quince minutos para que arranque el nuevo partido de fútbol intergaláctico entre el Real Madrid y el FC Barcelona, aquello que los no devotos reducen a un encuentro lúdico de señores millonarios en paños menores. La excusa esta vez son las semifinales de la Copa del Rey.
Ya corre la cerveza, mucho antes que el balón. También lo hacen las apuestas. Varias personas completan las suyas en un local especializado en apuestas deportivas, un sector que vive su apogeo en España. La escena tiene lugar en este caso en la calle Fernando Guanarteme de Las Palmas de Gran Canaria (Gran Canaria, Islas Canarias), pero se repite por todo el país, con algunos grados de diferencia, eso sí.
El bar de Juan, al que todos llaman Juan ‘el chino’ porque es chino y no es cuestión de complicar lo que no es complicado, es una vez más uno de los lugares de concentración de las gentes del barrio de La Isleta para contemplar los interestelares choques del siglo.
Entre los clientes se encuentra el rudo propietario de una tienda de ultramarinos que suele cerrar a las once de la noche pero que ahora permanece cerrada, aunque con las luces encendidas. A veces se le ve mirar hacia el negocio, por si se presenta alguien interesado en unas latas de aceitunas, un tomate para ensalada o unos huevos. Por lo general esas personas se encaminan directamente hacia la tienda de ultramarinos que regenta una familia china (también) desde hace cinco meses. El día anterior, el hombre que ahora prefiere ver el fútbol que atender la tienda se quejaba amargamente de la invasión china en el barrio: “Contra esta gente no hay nada que hacer, hermano”.
El ultramarinos es atendido por un matrimonio. Siempre sonríen. Su primera lugar de residencia en España fue Madrid. Desde hace un año viven en Gran Canaria. En febrero llegará su hija, criada por los padres de él en China para darles tiempo y facilidades para encarrilar su aventura isleña.
Juan y su mujer han vendido mucha cerveza, mucho whisky y mucho ron. Las suyas están entre las copas más baratas de la zona. “Este Juan nunca para, el jodío, siempre está cargando cajas y botellas de un lado para otro”, explica un asiduo de su barra.
Al fondo, un niño de seis años que ve la televisión junto a su padre comenta algo sobre Arbeloa, un lateral del Real Madrid. Podría recitar toda la alineación.
Todo termina. Han empatado. De los dos edificios aledaños al bar de Juan cuelgan carteles de ‘Se vende’ en las cristaleras de varios pisos. De esos pisos que nunca se venden. Quizás también eso sea culpa de los chinos y no de los políticos, las empresas, la sociedad en su conjunto y la ineficiencia patrias. Podían hacer apuestas sobre esto.
Artículo de Ernesto Luna a 30 enero, 2013.

La cartelera nos lleva por caminos donde aparecen Guillermo del Toro, el fantasma de Pinochet o un grupo mafioso.

Cuando uno se acerca a un volcán en activo, como el Arenal de Costa Rica, debe estar dispuesto a casi cualquier cosa.